Curtido durante más de dos décadas de batallas y conquistas en los pantanosos territorios de la visita médica, lo pisa, pero no es de los que cae en el barro. Perfecto conocedor de las trincheras del sistema entre las que hay que moverse para conseguir los objetivos comerciales, él nunca se atrincheró. Es más de apretar los dientes, exprimir el coraje y salir a ganar. De dentelladas sabe, y mucho. Se trata de morder. Por ahí empezó todo.

Por Esteban Bravo, periodista.

E.B. Javier, hábleme de usted y sus circunstancias. Las iniciales.

J.M. Por esas circunstancias a las que usted se refiere, me vi obligado a trabajar ya desde muy joven, con diecisiete años. Soy el mediano de tres hermanos, nuestro padre enfermó y tocó arrimar el hombro para seguir manteniendo la economía familiar. Ese primer trabajo fue en un laboratorio de prótesis dentales. Me gustaba, y al terminar el bachillerato lo compaginé estudiando precisamente el grado de prótesis dental. Estudiaba por la noche para poder compaginarlo con el trabajo.

E.B. ¿Qué recuerda de aquella época?

J.M. Terminé mi graduación y ya me centré en aquel trabajo, en el laboratorio. Me gustaba la parte manual y artesanal. Me especialicé en la cerámica, en el diseño de coronas, implantes, estructuras. Había una parte de creatividad en todo aquello que me atraía mucho.

E.B. Prótesis dentales y creatividad. Nunca lo hubiera imaginado.

J.M. Pues sí. Pero, además, había más cosas que me gustaban y que, pensándolo ahora, ya era premonitorio de lo que me iba a deparar el futuro. Me gustaba el trato y la relación que tenía con los odontólogos y los cirujanos maxilofaciales. A mí me visitaban empresas de depósitos dentales para presentarme sus productos, lo que me brindó también la oportunidad de relacionarme con sus representantes y de entender su trabajo. También tenía que ir a congresos del sector, donde me formaba y me informaba. Allí también recibía la ayuda y, por decirlo de alguna forma, el acompañamiento de estos comerciales. Admiraba y respetaba mucho su trabajo. Por último, el trato que tenía con los pacientes y ser consciente de la mejora de su calidad de vida, era algo que también me satisfacía enormemente.

E.B. Visitas comerciales, congresos, pacientes… Vamos, que se estaba usted preparando para dar el salto.

J.M. Realmente en aquel momento no lo pensaba así, pero como le decía, premonitorio sí fue.

E.B. Entonces, ¿cómo se da ese salto definitivo?

J.M. Tenía familia y amigos relacionados con el mundo de la farmacia y la industria farmacéutica. Como le decía, en aquel momento no estaba buscando nada de manera proactiva porque me encontraba cómodo y feliz con lo que estaba haciendo. Pero un día surgió la oportunidad a través de un amigo, quien me comentó que había una vacante en un laboratorio. Me animó, me animé, envié el currículum, y hasta ahora. Era el año 2003.

E.B. Y era Uriach, ¿verdad?

J.M. Correcto. Son ya 22 años en la compañía. Un tiempo en el que he pasado por todo tipo de vicisitudes, pero que si tengo que hacer un balance le digo que es muy positivo.

E.B. Pues si es positivo, no pase de puntillas, recréese.

J.M. Mire, empecé haciendo primaria llevando productos como antihistamínicos. Luego di el salto al mundo del hospital, la farmacia hospitalaria y el especialista. Pasé a coordinar las fuerzas de ventas en Andalucía, para después asumir el rol de lo que llamaban entonces gerente de cuentas, lo que hoy sería un KAM. Mi responsabilidad no era sólo Andalucía. También Canarias, Madrid… Casi, casi, media España. Lo que me queda de todos estos años son las enseñanzas de los compañeros, la formación que me ha facilitado la compañía, y la pasión por el trabajo y el cuidado del paciente.

E.B. Pero imagino que la filosofía de la compañía no es hoy la misma que aquella de sus comienzos.

J.M. No, claro. Se han producido cambios, pero creo que siempre han sido positivos. Al menos yo los he vivido así. La compañía es hoy algo más cercano a las personas, a los equipos. En lo que a mí respecta, el trato con los compañeros le diría que es algo casi familiar.

E.B. Y vuelven a anunciarse cambios. Esto es un no parar.

J.M. La realidad es que ya te vas acostumbrando. Aunque de vez en cuando se produzca algún terremoto y sea inevitable la huella de alguna grieta, lo importante es asumir esos cambios como algo natural, no sólo en nuestra compañía sino en general en las empresas del sector. La industria es muy dinámica y estos cambios se dan con frecuencia. Cuando ocurren, la incertidumbre nunca es cómoda, pero creo que hemos aprendido a entenderlo y a asumirlo con profesionalidad y de una forma retadora. Los resultados están ahí.

E.B. Si mañana le hicieran una oferta de trabajo para irse a otro laboratorio, ¿se lo plantearía?

J.M. No lo veo… Me considero parte de este proyecto desde hace más de dos décadas y no sé si es lealtad o compromiso, pero hay algo que me vincula estrechamente a la compañía. Creo que entre todos hemos construido un equipo de personas que me costaría trabajo encontrar en otro sitio.

E.B. Pero siempre hay algo para protestar, no se lo guarde.

J.M. Le hablaba de grietas después de algún terremoto. Y son grietas que hay que intentar reparar. Pero son grietas, en cualquier caso, pequeñas.

E.B. Está usted muy metafórico con los terremotos y las grietas, pero no me dice nada.

J.M. Usted me preguntaba si me plantearía una oferta de trabajo. Lo que le digo es que las cosas que se podrían mejorar no son relevantes para mí y mucho menos para plantearme trabajar en otro sitio. Son pequeños detalles. Me gusta esta casa y su filosofía, que es la del esfuerzo, la resiliencia, la pasión y mirar siempre hacia adelante.

E.B. No me cuenta usted ni esos pequeños detalles. Tiro la toalla. Cuénteme de estos 22 años un triunfo memorable.

J.M. Para mí los grandes triunfos tienen más que ver con el trabajo en equipo que con cuestiones individuales relacionadas con el negocio. Para mí, un triunfo es ayudar a un compañero a solucionar un marrón.

E.B. Pues me obliga a preguntarle, ¿qué es un marrón en CSL? ¿O se me va a ir usted también por los cerros de… los pequeños detalles?

J.M. (Risas) No me meta en marrones. Vamos a quedarnos en marrón, léase pardo, café, castaño, canela, chocolate… Un color cálido muy agradable a la vista.

E.B. Me sale usted ahora experto en colores.

J.M. La realidad es que el arte me gusta. La música, la pintura… Pero no limitarme a escuchar o a mirar. Me apasiona vivirlo. Tocar música, componer, pintar…

E.B. Mis respetos. Estoy cara a cara con un hombre renacentista. ¿De dónde la viene el don?

J.M. Lo de la pintura me viene de mi padre. Él era profesor de la Escuela de Artes y Oficios y se ganaba la vida pintando. Una de las cosas curiosas a las que se dedicaba era a pintar las carteleras de los cines en los que se anunciaba la película de turno. Lo que antiguamente se llamaba el arte de la cartelería. Sus hijos le ayudábamos con la colocación del cartel, que eran cuatro grandes paneles de aluminio, y por ahí me entró el gusanillo del dibujo. La música y la composición la centro más en las agrupaciones carnavaleras, las comparsas y las chirigotas.

E.B. Con las vacaciones veraniegas que aún se ven por el espejo retrovisor, con tanto invasor madrileño por la costa gaditana, y a mí se me ha pasado ir a hacerle una visita a Algeciras. Lo hubiera pasado en grande.

J.M. Eso seguro. Y para la próxima no deje de ir a un chiringuito en la Playa de Bolonia que le voy a recomendar ahora mismo. Meterle el diente al condumio atunero y la papa aliñá que te ponen allí, pá morirse.

Empezamos la entrevista así, pero ya sabía yo que acabaríamos también a dentelladas. Porque este hombre, primero muerde y luego saborea, disfruta lento los regalos de la vida. Su mujer y sus dos hijas, los compañeros de trabajo -su otra familia, dice-, sus coplas, tanguillos y pasodobles de carnaval. Sus recuerdos de aquellos cines, los de verdad, los del acomodador y la propinilla, los del olor al rancio ozonopino. Su dibujar pensando en aquello. Sin nostalgia. Abriendo boca y tensando mandíbula para comerse a bocados la vida. Para devorarla con la pasión y bonhomía que desprende. Un consejo para afrontar retos de futuro: aprieten los dientes, miren al frente y que Javier Marín sea su fiel escudero. No necesitan más.