Frunzo el ceño para ajustar bien el enfoque de mi ya deteriorada vista y en la pantalla del ordenador se me presenta un tipo de piel curtida, marcados rasgos faciales, milimétrico corte de pelo, un sufridor diría yo. Hasta que una sonrisa de oreja a oreja quiebra el mentón anguloso de su rostro que me permite entrever a alguien amable y feliz, efervescente. Me dice que está en su Coimbra natal, donde hoy sigue viviendo. Tengo la sensación de que rompe la fibra que nos tiene conectados, agarra mi brazo con poderío y me dice: “te vienes conmigo”. No me resisto, más me vale. Me va a contar toda una vida en la industria farmacéutica. Me va a contar eso y mucho más. Estén atentos.
Por Esteban Bravo, periodista.
E.B. Óscar, vamos al principio. Hábleme de sus primeros sueños.
O.S. Uno de mis sueños de niño era llegar a entender algún día nuestro pasado, nuestros orígenes, comprender cómo las personas toman decisiones y cómo esas decisiones pueden cambiar el mundo. Así que me animé a comenzar mis estudios universitarios en Historia y Arqueología. Coimbra es una ciudad muy universitaria, muy intelectual, y ese ambiente me marcó mucho.
E.B. ¿La Universidad le ayudó a despejar la incógnita? ¿Entiende hoy lo que quería entender de niño?
O.S. El ser humano sigue siendo materia insondable. Nunca nos entenderemos al cien por cien.
E.B. Por no convertir esta entrevista en un tratado filosófico, ¿qué vino después de la Universidad?
O.S. La realidad es que no terminé la licenciatura. Mi vida entró en otros caminos que debía emprender. Primero cumplí el servicio militar obligatorio, que en Portugal era aproximadamente un año. Y después decidí continuar cinco años más como lo que aquí llamamos “oficial miliciano”. Firmabas un contrato anual con el Ministerio de Defensa. No era un militar de carrera, pero sí tenía responsabilidades reales. Daba formación a otros militares: tiro, educación física, instrucción de combate… En portugués utilizamos la expresión “esa era mi playa”.
E.B. En español lo de la playa se vincula más a placer que a disciplina marcial. Eso de la vida militar y la instrucción de combate tiene que ser duro.
O.S. Lo era. Tenías guardias, turnos como oficial de día, eras responsable del cuartel, y eso significaba trabajar fines de semana, noches… Tenía 22 años y, sinceramente, no me gustaba pasar los domingos trabajando mientras mis amigos estaban pasándolo bien. Pero esa etapa me dio algo que todavía hoy conservo: disciplina, puntualidad, resistencia. Aprendes que no importa si llueve o nieva, hace frío o calor, el trabajo se hace igual.
E.B. Puro estoicismo. ¿En qué momento decide cambiar el uniforme militar por el traje y el material de visita médica? ¿Cómo se produce ese cambio?
O.S. Quería tener una vida un poco más asentada y con ritmos y horarios más comunes, que me permitieran compartir más tiempo con la gente que quería. Todo fue una casualidad. Un día leí en el periódico Expresso un artículo sobre la industria farmacéutica. Me llamó la atención. Era un mundo estructurado, científico, pero también muy humano. En 1990 entré en Merck Sharp & Dohme, MSD. Y lo que iba a ser una simple probatura se convirtió en 30 años de mi vida.
E.B. Treinta años en la misma empresa. Toda una vida. ¿Cómo fueron los comienzos?
O.S. En MSD había una filosofía muy clara: empezar desde abajo. Yo comencé en atención primaria, visitando médicos en pueblos pequeños, conduciendo cientos de kilómetros, explicando productos básicos. Fueron diez años así. Fue una gran escuela. Aprendes a ser humilde, a escuchar, a tratar con cariño y respeto; aprendes a que cada médico es diferente.
E.B. ¿Siempre en ventas?
O.S. Siempre en ventas. Nunca estuve en otras áreas. Me gustaba el contacto directo, la negociación, el hospital, el terreno real…
E.B. Vamos, en su caso, la trinchera, el barro, el ruido de mortero… Estaba entrenado para ello.
O.S. (Risas) Sí, sí. Hablando en términos de trabajo, siempre me ha gustado el frente de batalla. Y como frente de batalla, de los más duros es el del hospital. Pasé al área hospitalaria trabajando con antibióticos complejos y después con medicamentos biológicos. Participé en el lanzamiento de tratamientos muy importantes, especialmente anticuerpos monoclonales para enfermedades como artritis reumatoide o Enfermedad de Crohn.
E.B. Intuyo que usted es un hombre de retos. Retos ambiciosos. ¿Qué recuerda de aquella época como más retador?
O.S. Quizás el hecho de haber trabajado en los años 90 en el entorno del VIH. Trabajar en VIH fue probablemente lo más difícil y lo más importante que hice. Pero también de lo más satisfactorio, dado que fui testigo directo de algo que se vivió como una verdadera revolución médica, empezando a cambiar el paradigma de la enfermedad. No puedes hablar de esos tratamientos si no estudias mucho. Es un campo complejo, científico y también emocional. Sabías que estabas participando en algo que iba a acabar salvando vidas.
E.B. Más allá de retos, de aquellos 30 años, ¿qué es lo que recuerda con más orgullo?
O.S. Lo que le he comentado en el entorno del VIH, fue muy importante. Pero para mí hubo algo que lo fue aún más y, curiosamente, no tiene nada que ver con ventas o lanzamientos. Tuvo más que ver con un cambio cultural, que yo de alguna forma impulsé.
E.B. No me irá a decir que implementó sesiones de diez minutos de instrucción de combate a la entrada del trabajo.
O.S. (Risas). No, pero casi. Le cuento. Cuando entré en la compañía, MSD era una organización muy formal, muy protocolaria. Todo el mundo con traje, corbata, una mentalidad rígida. Al mismo tiempo, mucha gente fumaba, su dieta diaria no era la mejor, el estrés… En general, sus hábitos de vida no eran los más recomendables. Y a la vez, una de nuestras áreas más importantes era la cardiovascular. Me parecía muy contradictorio.
E.B. E hizo usted que se quitaran la corbata y se pusieran las zapatillas.
O.S. Tal cual. Propuse un programa llamado “iFit”. La empresa pagaba el gimnasio a los empleados, a cambio de que la gente se comprometiera a dejar de fumar, se preocupara más por el autocuidado, la conciliación del trabajo y el tiempo libre. Yo decía siempre, “hay vida más allá de MSD”. Una empresa sana necesita personas sanas.
E.B. Al soldado se le da por descontada su valentía. Usted la tuvo metiéndose en este lío.
O.S. Es cierto que fue algo revolucionario. Pero funcionó. Cambió hábitos, cambió mentalidades. La gente empezó a correr, a entrenar, a vivir mejor. Y eso, para mí, es más importante que cualquier cifra de ventas. También es verdad que encontré el apoyo de las personas que necesitaba que me lo dieran, si no, hubiera sido imposible.
E.B. ¿Cómo pone fin a toda una vida en aquella compañía?
O.S. Era 2019 y salí de MSD con la idea de que ya era el momento de gestionar mi jubilación. Pensaba dedicarme al deporte, viajar, disfrutar de amigos y familia… Aquella ilusión me duró tres meses (risas).
E.B. Imagino que, para una persona como usted, la jubilación no es fácil.
O.S. Todo fue una coincidencia. Un día fui a tomar un café al hospital y me encontré con antiguos colegas. Me dijeron que había una buena oportunidad y que tenía que irme de un día para otro a Lisboa para hacer una entrevista. Me animé, y aquí estoy. Todavía tenía energía y ganas de seguir.
E.B. Desde 2019 ha sido testigo de reorganizaciones, cambios, fusiones… ¿Cómo se sobrevive a tanta transformación?
O.S. Desde la madurez y la experiencia. En MSD los cambios eran constantes. Estrategias nuevas cada año, nuevos jefes, nuevos objetivos. Aprendí que el cambio es parte natural de la vida profesional. Si te resistes, sufres. Si lo aceptas y, sobre todo, si sabes adaptarte para poder seguir aportando valor a la organización, creces. Me encanta un libro de Nassim Taleb, el Cisne Negro, que siempre me ha resultado muy inspirador y de mucha utilidad ante determinadas situaciones. Habla de lo inesperado. De cómo acontecimientos que te pueden sorprender, hacen que cambie todo. Es una metáfora de la vida. Hay que aprender a adaptarse. No puedes quedarte quieto porque el mundo no se queda quieto. Esto es perfectamente replicable al mundo de la empresa.
E.B. ¿Cómo ves la integración actual en CSL?
O.S. Positiva. Ahora tenemos un portafolio fuerte: hierro intravenoso, productos de plasma, terapias innovadoras… Eso te da poder comercial. Incrementa el conocimiento y la capacidad para interactuar con todos los stakeholders. Te escuchan más fácilmente. En lo personal pienso que puedo aportar experiencia a los más jóvenes. Siento que estoy en ese momento de compartir toda mi experiencia y ayudar a que la gente crezca.
E.B. Habla usted de experiencia. ¿En qué medida le ha servido su experiencia en el ejército para el desarrollo de su carrera profesional? ¿Qué le puede transmitir a los más jóvenes?
O.S. En aquella experiencia se sustentan los que han sido toda la vida mis valores en lo personal y profesional. Generosidad, respeto, disciplina, perseverancia. También determinación y resistencia. Aprendes a seguir adelante, aunque estés cansado. Si no hay coche, vas en bicicleta. Si no hay bicicleta, vas caminando. No hay excusas. Esto es lo que intento también transmitir a los más jóvenes.
E.B. ¿Cree que las nuevas generaciones están menos capacitadas para los momentos más duros?
O.S. Son diferentes. Tienen habilidades digitales increíbles, una formación excelente. Pero a veces falta resiliencia. En el pasado, si algo era difícil, insistías. Hoy, algunas personas abandonan antes. Yo siempre repito un lema que leí de joven: “Nada está tan lejos ni distante que no puedas dar un paso más”. Siempre puedes dar un paso más.
E.B. Hablemos de su otra gran pasión: el deporte. ¿Cuál ha sido su mayor desafío?
O.S. Madrid-Coimbra en bicicleta. 560 kilómetros en menos de 24 horas. Salimos cuatro amigos de la Puerta del Sol a medianoche. Era una apuesta.
E.B. Eso no es una apuesta. Eso es una declaración de guerra al sentido común.
O.S. (Risas.) Fue toda una aventura, pero llegamos dentro del límite y superamos el reto. Pero me gustan estos desafíos. Maratones y ultramaratones a pie, trails de montaña, senderismo, canoa. En estos últimos años he podido organizar con la compañía actividades deportivas muy divertidas con compañeros y directores, siempre con ese espíritu de incentivar una vida sana dentro de la empresa. Le cuento que hace poco organicé con compañeros de Portugal el descenso de un río en Kayak. Lo pasamos muy bien.
E.B. ¿Y qué le queda pendiente?
O.S. La Ruta de la Plata de Sevilla a Gijón en bicicleta. Está en mi cabeza desde hace años.
Acabamos. Esa ruta es lo único de plata que hoy he catado. Porque el rato ha sido oro puro. Sin medianías. Un mariscal de mando a quien seguir a ciegas para vivir mejor, para ser mejor. De esas fuerzas naturales que apaciguan en la agitación y provocan en la desidia. Espabilemos, me dice sin decirlo. Su león de Rhodesia, bicicleta, zapatillas y libros, le caben en esa caravana que le transporta cada poco tiempo para la práctica de ese deporte extremo que es la felicidad. No necesita más, como buen espartano. Quien le tenga cerca, que aproveche el privilegio. Óscar Silva, medalla de oro.