Un céntrico hotel de Madrid es el punto elegido para encontrarme con nuestra Protagonista de hoy. Ella es Irene, quien pone énfasis en su apellido al presentarse. Es cierto que evoca blasones, castillos medievales y, quizás, algún feudo en la meseta castellana. “Gómez de Agüero Sánchez, con diéresis en la “u”, para más señas”, me dice marcando territorio. Pero desprovista de cualquier altivez aristocrática, más bien derrocha una cercanía magnética, una lucidez rápida y ese humor fino, típicamente madrileño, de quien no se toma demasiado en serio a sí misma, pero se toma muy en serio su trabajo. Farmacéutica de carrera, Irene pica piedra con fuerza en el duro terreno del Market Access en CSL; un área donde la ciencia, la política sanitaria y la economía se sientan a negociar. Me mira, sonríe y, antes de que pueda preguntarle por su árbol genealógico, me desmonta el mito con un golpe de realidad.

Por Esteban Bravo, periodista.

I.G.: Oiga, que le quede claro que de aristócrata no tengo nada, solo gata. De momento, no ha aparecido ninguna herencia sorpresa ni ningún tío abuelo marqués. Lo de la diéresis en el Gómez de Agüero es real; siempre lo digo, sé que soy un poco tiquismiquis hasta para que escriban bien mi nombre. Pero llevo los dos apellidos con mucho orgullo, incluyo el Sánchez siempre que puedo. En España tenemos la suerte de lucir el de la madre y el del padre, así que hay que darles su espacio.

E.B.: Pues ya me queda claro. Así que, sin marquesados ni grandes fortunas heredadas, le tocó currárselo. ¿Cuál es su formación?

I.G.: Tras mi etapa escolar decidí estudiar farmacia en la Complutense de Madrid.  En mi familia hay mucha tradición sanitaria, pero casi todos han tirado por la psicología. Yo quería mi propio espacio, no quería repetir el guion de mi padre, de mi tía y de mis primas, así que opté por la farmacia. Pero la realidad es que la carrera está muy enfocada a que acabes detrás de un mostrador de oficina de farmacia, dispensando jarabes. Y yo, sinceramente, nunca me vi ahí. Yo quería experimentar. La ciencia es, ante todo, curiosidad.

E.B.: ¿Hacia dónde le llevó esa curiosidad?

I.G.: Pues el primer paso fue un Erasmus en Cracovia. Básicamente se trataba de una estancia científica.

E.B. Erasmus, Cracovia, estancia científica… ¿Por quién me toma?

I.G. A ver, yo no iba a convalidar asignaturas fáciles; iba con un proyecto de estancia científica que me exigía, entre otras cosas, presentar un póster en un congreso nacional y aprender algo de polaco, me gané el apodo de “mice killer” entre mis amigos. Pero no nos engañemos: hubo party, hubo viajes y hubo tiempo para disfrutar. Tanto se aprovechó la experiencia que allí conocí a mi pareja actual, que es español… conquense, para más señas.

E.B.: ¿Conquense? Me ahorro el chiste fácil, ¿verdad?

I.G.: No se preocupe, ya estoy acostumbrada, allí, en Cuenca, para su información, dicen mirando para Burgos…

E.B. Dejémoslo ahí, y sígame contando.

I.G.  Al volver barajaba el doctorado o la industria, me decanté por lo segundo e hice un máster en monitorización de ensayos clínicos y Medical Affairs. En el momento de hacer las prácticas, me llegó una oferta de contrato real para llevar la garantía de calidad de productos semiterminados en Lilly, en Alcobendas. Decidí lanzarme. Fue una gran escuela, pero al cabo de un año me di cuenta de que aquello de picar datos, revisar certificados de análisis y rellenar tiques de producción era demasiado rutinario para mí. Me sentía un poco encorsetada.

E.B.: ¿Cómo se quitó el corsé?

I.G.: Surgió una vacante en Octapharma, una empresa familiar, pero multinacional, especializada en hemoderivados. El puesto era de monitora de ensayos clínicos de fase IV. Era a media jornada y temporal, pero decidí arriesgarme. Al poco tiempo ya estaba a jornada completa y haciendo de todo: desde dar de alta lotes de hemoderivados hasta llevar la farmacovigilancia, dar formación científica a los Key Account Managers y preparar las sesiones clínicas de los productos. Éramos un departamento técnico minúsculo, así que me convertí en una especie de «ratoncillo de biblioteca» multidisciplinar. Estuve allí cinco años, aprendí muchísimo sobre un sector fascinante y coincidí con algún compañero con el que me he reencontrado aquí, en CSL.

E.B.: Los hemoderivados… Un terreno casi de ciencia ficción. Medicamentos que se extraen de la sangre humana. Para el gran público, la donación de sangre es un acto de altruismo, pero se desconoce el enorme engranaje industrial que hay detrás.

I.G.: Totalmente de acuerdo. Pero además de desconocido también tiene algo de tabú.  España es un país extremadamente generoso y solidario ante las catástrofes, pero nos cuesta más ser constantes en la donación periódica si no vemos el peligro de cerca. Gran parte del plasma que se dona acaba en la industria privada para ser fraccionado y convertido en medicamentos esenciales, como las inmunoglobulinas, y esto es algo que, en general, la gente no sabe.  Como la industria farmacéutica suele estar bastante demonizada por la opinión pública, a veces se prefiere mantener un perfil bajo sobre dónde va a parar ese plasma.

E.B.: Dice que la industria está demonizada. ¿Con o sin razón?

I.G.: Creo que hay de todo. Ha habido épocas de abusos, es innegable, pero la gente debe entender que no somos una ONG. Las farmacéuticas investigan, asumen riesgos financieros gigantescos y desarrollan terapias que salvan vidas. Sin beneficio económico, la rueda de la innovación se detiene. El precio de los medicamentos innovadores suele ser el reflejo de esa inmensa inversión en investigación.

E.B.: ¿Cómo llega a CSL?

I.G. Tras un paso por Santen como MSL en el área de oftalmología, aterricé en CSL en abril del 2020, en pleno confinamiento por la pandemia.

E.B. Momentazo!!

I.G.: (Risas) Sí, una incorporación totalmente virtual y extraña. Pero los hemoderivados tiran mucho. Tienen una complejidad científica y de mercado que me apasiona. Empecé en el departamento médico dentro del área de inmunología y specialites, que entonces era minúsculo (solo éramos dos MSL, mi querida Rosa Leal en Portugal y yo en España). A final del 2023, al reincorporarme de mi baja maternal, se abrió una vacante en el departamento de Market Access. En las multinacionales siempre te dicen que los movimientos laterales son clave para crecer, así que decidí presentarme al proceso de selección. Quería potenciar mi perfil estratégico, ver el negocio desde otra perspectiva y entender cómo se toman las decisiones de financiación.

E.B.: El acceso al mercado en España es un auténtico deporte de riesgo. Usted se enfrenta cara a cara con la fragmentación y la inequidad del Sistema Nacional de Salud. ¿Cómo se vive esa realidad desde dentro?

I.G.: Yo creo que se necesitan altas dosis de paciencia. Cuando pasé a acceso, mi puesto tenía un carácter híbrido: por un lado, era responsable a nivel nacional,Market Access Manager (MAM), para nuestras inmunoglobulinas, pero también ejercía de Regional Access Manager (RAM) para el tercio sur de España y Canarias, una zona que no es precisamente sencilla a nivel de acceso y equidad. Me tocó lidiar de lleno con el lanzamiento de terapias complejas, como Hemgenix, que la prensa rápidamente etiquetó con el sensacionalista titular de «el medicamento más caro del mundo».

E.B.: ¿Sensacionalismo o realidad? Siempre echamos la culpa de todo a los medios…

I.G.: Siendo conciliadora, quizás deberíamos hablar mejor de falta de contexto. Si nos quedamos solo con ese titular, se ignora el ahorro a largo plazo que supone una terapia génica de dosis única frente al tratamiento crónico de por vida de un paciente con hemofilia y el abordaje de la financiación con riesgo compartido. Mi labor como RAM en la zona sur fue, precisamente, dar formación a los decisores, poner las cifras en perspectiva y explicar cómo se estructuran estos acuerdos de precio y reembolso. Las barreras de acceso no se rompen con presión comercial; se rompen informando, formando y aportando datos objetivos de valor.

E.B. Ese “dar información” a los decisores, podría entenderse de alguna forma como lobby, y eso del lobby en nuestro país tampoco es lo que está mejor visto.

I.G. Yo creo que es un ejercicio de transparencia y transferencia de conocimiento absolutamente imprescindible para que quienes tienen que tomar decisiones en el entorno de las políticas del medicamento, lo hagan con la máxima información disponible.

E.B.: ¿Tienen los gestores ganas de escuchar esos argumentos, o se limitan a mirar la factura con criterios puramente economicistas?

I.G.: Tienen la información, pero a menudo les falta tiempo y, a veces, voluntad política para salir del cortoplacismo presupuestario. Por eso en CSL impulsamos proyectos como el Tender Shaping, orientado a la compra pública basada en el valor. Queremos que se evalúe un medicamento por sus características, los resultados en salud que aporta y las eficiencias que genera en el hospital, no solo por el precio de salida de la caja.

E.B.: Hace una década se nos vendió que los acuerdos de riesgo compartido, techos de gasto y pago por resultados sanitarios salvarían la sostenibilidad del sistema garantizando la equidad. ¿Ha sido así o todo ha quedado en agua de borrajas?

I.G.: Han sido herramientas útiles, pero hemos muerto un poco de éxito por saturación. Hubo un momento en que, para acelerar la aprobación de cualquier fármaco, la industria proponía estos modelos complejos para todo tipo de patologías. El problema es que estos acuerdos exigen un seguimiento clínico y administrativo brutal. ¿Y quién tiene que registrar esos datos en el hospital? Los farmacéuticos hospitalarios, que ya están desbordados atendiendo a los pacientes y dispensando tratamientos. Nos ha faltado medir la carga real que imponíamos al sistema.

E.B.: Hablando de cargas, ¿está resultando muy fatigoso ese proceso de integración entre Behring y Vifor?

I.G.: Ahora somos una compañía más grande con un músculo que antes no teníamos. Pero mentiría si dijera que todo ha sido un camino de rosas. Tengo la sensación de que estamos un poco estancados «entre dos aguas», lidiando con dos culturas, dos sistemas y dos ritmos diferentes. A veces las cabezas pensantes diseñan planes de integración sobre el papel sin calibrar el volumen real de gestiones operativas y los tiempos de acoplamiento, por ejemplo, de los sistemas informáticos.

E.B.: Eso de las cabezas pensantes me ha sonado un poco a cachondeo…

I.G.: Para nada. Solo quiero decir que de la estrategia a la implementación el camino no es corto ni sencillo. Creo que, en el equipo de personas, a nivel humano hay muy buena fe y una clara apuesta por remar en la misma dirección; el lema de One Team está ahí. Pero afinar en las cuestiones operativas no está siendo fácil. Confío en que será cuestión de tiempo.

E.B.: La veo un poco apesadumbrada.

I.G.: Para nada. El potencial del catálogo combinado es enorme y el liderazgo en hemoderivados sigue vigente. Si no viera el futuro con ilusión y esperanza, sencillamente no seguiría a bordo de este barco.

E.B.: Trabajar en gran medida deslocalizada del resto del equipo central en Barcelona, ¿ayuda o dificulta las cosas? Cómo se gestiona esa insularidad física en una compañía que busca la integración como objetivo prioritario.

I.G.: Se gestiona con autodisciplina, pero también con realismo. Llevo bien la deslocalización, pero intento planificar visitas periódicas a la oficina. No creo en las relaciones profesionales que son 100% virtuales, como tampoco creo en las relaciones personales a distancia infinita. Para que la virtualidad funcione y haya confianza mutua, primero tiene que haber habido un café real, una mirada directa y un contacto físico. El equipo no se hace a través de una pantalla de Teams; se hace compartiendo el espacio, las risas y, por qué no, las quejas del día a día.

E.B.: Desconecte usted el portátil. Se apaga la pantalla, se acaba el acceso al mercado y aparece la Irene de carne y hueso, ¿en qué se trasforma?

I.G.: En una madre todoterreno que hace entrenamientos de alta intensidad en el parque de su barrio. Tengo un hijo de tres años, así que mi vida fuera de la oficina consiste en correr detrás de un patinete, jugar a la Patrulla Canina y leer cuentos, como el de muchos compañeros. Si me preguntas por mi deporte favorito, te diré que no soy una de esas runners enloquecidas que necesitan devorar kilómetros al amanecer. Necesito moverme, pero yo soy más de andar de forma activa y deportes exóticos como el yoga activo (aéreo, SUP yoga…) o el barre. Pero te aseguro que levantar en brazos a un niño de 17 kilos a pulso mientras evitas que se rompa la crisma en un columpio, te lo convalidan por una sesión intensiva de Crossfit en cualquier gimnasio de moda.

E.B.: Vamos, que entre el trabajo y el entrenamiento extremo haciendo series y repeticiones con la criatura, se le va la vida.

I.G.: Bueno, intento sacar tiempo para la lectura y dibujar. Disfruto mucho leyendo. Me gusta mucho la novela de intriga y la novela negra. Ahora mismo estoy con el último libro de Eduardo Mendoza, La intriga del funeral inconveniente. Pero no tengo filtros elitistas: me trago desde la novela rosa de Marian Keys, que me leía indistintamente en inglés o en castellano para practicar, hasta la novela fantástica. Yo soy de la generación de Harry Potter, que en sus últimos tomos también tenía su buena dosis de hormonas y drama adolescente.

El verdadero drama es que ya no queda más café que apurar. El rato de conversación ha sido como un espejismo de brisa suave y refrescante en la tórrida realidad que abrasa los alrededores del Paseo de la Castellana. Ella no se da importancia. Sin imposturas nobiliarias, linajes o enrevesados juegos genealógicos, a mí me queda claro: en el Acceso al Mercado del sector farmacéutico español todo funcionaría mejor con la creación de un gran Ducado, el de Gómez de Agüero. Pero ella insiste. Sólo es Irene, otra madre todoterreno y una curranta de CSL. Le beso la mano.