Sigo con mi trabajo de rastreador de corazones protagonistas de CSL. Hoy, al otro lado de la mesa, se me presenta Albert Navasa. A primera vista, conserva la mirada atenta y analítica de aquel joven en plena formación médica bajo el flexo del quirófano, si bien sus maneras son tranquilas, desprovistas de esa mítica arrogancia del cirujano, dueño y señor de nuestras vidas. Hay en él una serenidad de deportista de fondo, una calma que contrasta con el ajetreo del mundo corporativo que le rodea. Vamos a descubrirle desgranando un viaje vital que va desde sus inicios en la cirugía cardíaca hasta el laberíntico mundo de Medical Affairs por el que hoy transita.
Por: Esteban Bravo
E.B.: Albert, empecemos situándonos en el tiempo. ¿Cuánto lleva exactamente en la compañía?
A.N. Entré en abril del año. Ha sido una etapa intensa y de muchísimos cambios. Cuando aterricé, éramos CSL Vifor y casi de inmediato nos vimos inmersos en todo el proceso de integración global del grupo. Eso trajo nuevas responsabilidades y un escenario cambiante, pero la verdad es que el balance está siendo muy positivo.
E.B.: Hombre, normalmente lo de los escenarios cambiantes no suele gustarle a nadie…
A.N.: Creo que hay que tomárselo con una cierta naturalidad, entendiendo que son operaciones empresariales que se producen con una cierta frecuencia en casi todas las grandes compañías. Hay que saber adaptarse y mirar hacia adelante.
E.B.: Si tiramos del hilo hacia atrás, tu formación original es puramente clínica. ¿Qué estudiaste y cómo fueron tus primeros pasos?
A.N.: Soy médico. Tras acabar la carrera y pasar por el examen del MIR, elegí la especialidad de cirugía cardíaca. Estuve un año entero ejerciendo en ese mundo, pero muy pronto me di cuenta de que aquello no era el futuro que quería para mi vida. Entré en una época de dudas, de plantearme qué hacer con mi carrera, y surgió la opción de dar el salto a la industria farmacéutica.
E.B.: Albert, no sea usted parco en palabras. Da el salto a la industria farma y qué pasa.
A.N.: Empecé en Bayer, en el departamento médico enfocado al área cardiovascular. Estuve allí tres años, y luego sentí la necesidad de formarme en temas de gestión, así que hice un MBA a tiempo completo en el IESE durante dos años. Fue una etapa muy intensa y de muchísimo aprendizaje, compartiendo aula con gente de todo el mundo. Mi idea inicial era regresar a Bayer, pero era un año complicado, el 2022, cuando el mercado estaba bastante paralizado por la situación global. Tuve que espabilar y terminé en ISDIN, en una posición médica global. Estuve un par de años allí, hasta que me contactaron de CSL porque buscaban un perfil como el mío. Pensé que era un lugar donde podía encajar bien y, de momento, parece que el diagnóstico fue el correcto.
E.B.: Es un giro llamativo. Tradicionalmente se ve la medicina como una profesión puramente vocacional. Cuáles eran los pilares de tu vocación y qué causó ese desencanto tan temprano
A.N.: Yo creo que eso de que la medicina es puramente vocacional, aunque tiene parte de verdad, no lo aguanta todo. Solo tenemos que echar un vistazo al panorama mediático del sector para entender que los médicos y, en general, los profesionales sanitarios, están llegando al límite por las condiciones laborales y la presión asistencial. En mi caso, la precariedad del sistema no fue el único detonante, yo ya arrastraba un desencanto propio. Estudié medicina influido en parte porque en mi familia hay tradición médica. Me gusta la medicina, no lo niego, pero elegí la cirugía cardíaca, que es una especialidad durísima. Ahí no basta con que te guste el trabajo; necesitas que sea tu única dedicación, tu vida entera. Se opera en muy pocos centros, son cirugías larguísimas, muy complejas, y tienes que vivir por y para el quirófano.
E.B.: Vamos, que se hizo la de Topuria en Washington. La profesión le estaba dando tal paliza, que decidió tirar la toalla.
A.N.: No, hombre. No creo que se trate de tirar la toalla. Simplemente con el tiempo me di cuenta de que soy una persona que no me gusta encasillarme profesionalmente. Me gusta hacer cosas distintas, abrir el foco, y me agobiaba la perspectiva de pasarme la vida encerrado en un quirófano repitiendo las mismas tres o cuatro cirugías una y otra vez. Al estar tan sumamente especializado, terminas cayendo en esa monotonía, por muy compleja que sea la técnica. Quería una vida profesional con más amplitud de miras.
E.B.: Frente a esa presión hospitalaria y la falta de recursos, imagino que la industria farmacéutica puede verse desde fuera como un retiro idílico, un lugar con presión, sí, pero con otras condiciones organizativas y salariales. ¿Buscó usted el cambio o vino la industria a por usted?
A.N.: No fue un salto al vacío. Cuando empecé a ver que el hospital no era mi sitio, comencé a hablar con gente y a preguntar. Durante la carrera te programan con una idea fija: estudias, haces el MIR y te dedicas a la asistencia; parece que no existan más opciones. Pero si rascas un poco la superficie, te das cuenta de que la industria está llena de médicos. Me informé bien para saber dónde me metía y la oportunidad surgió de la forma más natural, en una conversación informal como la que estamos teniendo usted y yo. Hablando con una doctora que trabajaba en Bayer, me comentó que buscaba un perfil júnior para incorporarlo al departamento médico. Me propuso unirme y acepté. Así de sencillo fue el cambio.
E.B.: Y ¿qué le mueve hoy para estar en CSL?
A.N.: Mi posición actual como Medical Advisor representa una figura muy transversal, y ese concepto me parece muy enriquecedor. La interacción permanente con todos los departamentos de la empresa, definitivamente, te ayuda a crecer. Las personas en mi posición somos los especialistas científicos de los fármacos de nuestro portafolio, en mi caso de nefrología. Nuestra responsabilidad principal es garantizar que la ciencia siempre vaya por delante. Nos toca vigilar que todo lo que se haga a nivel comercial respete escrupulosamente los datos clínicos reales que hay detrás de cada medicamento. No podemos permitir que se diga que un fármaco hace algo si no existen estudios sólidos que lo demuestren.
E.B.: Uy, saca usted una patata caliente. ¿Hablamos de ello o nos damos mus?
A.N.: Pues mire, no sé jugar al mus, así que usted dirá…
E.B.: Si no sabe jugar, dejémoslo estar. Recapitulando, en el fondo le toca hacer un poco de árbitro dentro de lo que tradicionalmente se conoce como el área médico-legal.
A.N.: Dejémoslo en área médica, sin entrar en lo legal. Pero sí, es verdad que a veces nos toca asumir el papel de «poli malo» y plantear el veto: «Oye, no, la ciencia dice esto y no podemos estirar el argumento más allá».
E.B.: Desde Mkt les deben ver como los antipáticos de la compañía…
A.N.: Mire, la realidad es que se nos debe ver como esa parte del equipo que ayuda a trabajar desde la seguridad y la tranquilidad de saber que todo lo que hacemos y comunicamos se basa en la evidencia científica.
E.B.: Me está hablando de su responsabilidad, por decirlo de alguna forma, intramuros; pero cómo es su trabajo de puertas afuera.
A.N.: También es muy interesante. Consiste precisamente en generar nuevas evidencias, datos, análisis, alrededor de nuestros tratamientos. Para ello trabajamos muy de cerca con investigadores y especialistas, en mi caso nefrólogos, que quieren poner en marcha sus propios estudios utilizando nuestros fármacos. Ahí nuestro papel de asesoramiento y apoyo es clave.
E.B.: ¿Y cómo se gestiona el equilibrio entre el rigor científico y los objetivos de facturación de una multinacional? Al final, usted está en medio del sándwich: marketing y ventas empujan en una dirección, y su misión consiste en proteger las líneas rojas. ¿Cómo lleva esa convivencia?
A.N.: Tengo la gran suerte de estar en una compañía donde se respeta profundamente la opinión y el criterio del departamento médico. En otras empresas, especialmente en algunas de cultura norteamericana que suelen ser mucho más agresivas a nivel comercial, la presión sobre el área médica es mucho más asfixiante. Aquí sabemos muy bien dentro de qué parámetros nos movemos. El equipo de marketing tiene muy claro dónde están los límites y rara vez nos acercamos siquiera a la línea roja.
E.B.: Lleva poco más de un año en la organización, pero conoce los movimientos recientes del grupo. ¿Qué diagnóstico haces del momento actual de la empresa y hacia dónde cree que camina? Le ha tocado vivir la integración de lleno.
A.N.: El diagnóstico actual es que estamos digiriendo un proceso de integración entre dos compañías muy grandes a nivel mundial, y eso, inevitablemente, lleva su tiempo. Poco a poco se van viendo las mejoras, aunque todavía queda camino por recorrer. Lo que la organización necesita ahora, y espero que llegue con el tiempo, es estabilidad. La gente necesita calma; trabajar sin la constante preocupación de cuándo va a llegar el próximo cambio organizativo. Es algo que inquieta al equipo y a mí personalmente también. Nos hace falta esa tranquilidad a corto y medio plazo, respaldada por un pipeline —un flujo de nuevos fármacos en desarrollo— que nos asegure un futuro sólido. El presente es bueno, pero el horizonte necesita más garantías.
E.B.: Oiga, que nunca se sabe quién acaba leyendo esto, y lo que usted dice es todo un aviso a navegantes.
A.N.: No creo que diga nada que no se sepa y que además me consta se está trabajando para mejorarlo. CSL es una gran compañía en donde lo único que se necesita es rebajar (dentro de lo posible) un poco el grado de incertidumbre.
E.B.: Entremos en temas de actualidad un poco delicados, ¿le parece?
A.N.: Usted entre, que ya veré yo si le sigo. Jajaja
E.B.: Hay un tema recurrente en el sector que yo llamo «la guerra de los datos científicos». A veces asistimos a grandes titulares en medios sobre avances médicos que luego se desinflan. Como responsable médico que entiende el funcionamiento de estas publicaciones, ¿cree que de alguna forma están perdiendo credibilidad?
A.N.: Creo que estamos en un momento donde tanto la industria como la comunidad médica debemos hacer un ejercicio serio de autocrítica. Hemos pasado de una época, hace años, donde se publicaba poco, pero con un control de calidad y un impacto enormes en revistas serias, a un auténtico boom donde se publica prácticamente cualquier cosa. Y la industria farmacéutica tiene parte de culpa, porque somos los primeros que presionamos para que se publiquen datos de cualquier manera en busca del titular. Debemos dar un paso atrás y volver a ser exigentes con la rigurosidad de lo que generamos. Y esa misma exigencia hay que pedírsela a las revistas de alto impacto. Nosotros mismos lo vemos con nuestro fármaco Tavneos: su estudio de fase III se publicó en el New England Journal of Medicine, y ahora vemos todas las discusiones y reajustes que están surgiendo alrededor. Hemos pasado de un extremo al otro y nos hemos pasado de la raya. Estamos en pleno proceso de reajuste y toca vigilar muy de cerca que los datos sean fiables y transparentes.
E.B.: Oiga, Albert, y cuando abandona esa vigilancia y le toca cerrar el portátil hasta que lo vuelve a conectar, ¿cómo es su vida?
A.N.: Soy una persona muy normal a la que le gusta disfrutar de la familia, de los amigos y, sobre todo, del deporte. Me definiría como un apasionado del deporte al aire libre. Siempre que tengo un hueco salgo a correr, a rodar con la bici de carretera o a perderme por la montaña el fin de semana. Necesito que me toque el aire para desconectar. Siempre que puedo me escapo al Pirineo, a la zona de la Cerdanya.
E.B.: Esas escapadas son en plan lobo solitario o tiene quien le acompañe.
A.N.: Me acompaña mi mujer, con quien me casé en septiembre del año pasado. Llevamos muchos años juntos, así que nos conocemos bien. De momento no tenemos hijos, aunque es algo que entra en nuestros planes de futuro. Mi mujer también es médico, trabaja como pediatra. Nos conocimos hace años durante la carrera de medicina.
E.B.: Tengo unos días por Barcelona, ¿se atreve a recomendarme algún restaurante que no deba perderme?
A.N.: La verdad es que hoy en día en Barcelona es difícil porque hay un auténtico boom de aperturas y demasiada masificación para mi gusto. Si tuviera que recomendarle tres clásicos que para mí nunca fallan en la ciudad sería Maleducat, en el barrio de Sant Antoni; otro ideal para ir con amigos es Fismuler; y un tercero más clásico de toda la vida en la calle Balmes es L’Olivé, donde siempre sales contento. En casa intento cocinar, pero la verdad es que estoy muy lejos de ser un auténtico cocinilla.
E.B.: Para terminar, Albert, usted como runner, ciclista, deportista en general, ¿se plantea su trabajo en CSL como un explosivo sprint o como una carrera de fondo?
A.N.: Sin duda es una maratón. Es verdad que en CSL últimamente nos ha tocado encadenar unos cuantos sprints importantes por el ritmo del negocio, pero la vida profesional hay que planteársela a largo plazo. Si vas a tope desde el principio, terminas quemándote muy rápido. Todos los que hacemos deportes de resistencia sabemos que una parte fundamental de la estrategia es saber regularse. En la empresa pasa exactamente igual: hay que mantener la calma, conocer tus fuerzas y no pasarte de ritmo por mucho que los factores externos te inviten a apretar el acelerador.
Y así, sin apretar el acelerador, sin prisa, con mesura, ponemos fin a este encuentro. Una conversación con un profesional serio, sensato y con las ideas muy claras, alejado de los discursos corporativos vacíos de contenido. Una persona que, lidiando con datos, moléculas y la incertidumbre de un mercado volátil, se pega a la tierra para no perder la sensación de la realidad de las cosas. Se marcha con el paso firme de quien sabe que, tanto en la maratón como en la vida, la clave del éxito no está en correr más rápido que nadie, sino en saber mantener el ritmo adecuado y dar siempre el siguiente paso. Y un paso detrás de otro, le seguiría allí donde me dijera. Albert Navasa, le cojo la matrícula.